Actualidad

Columna de John Müller: “Los jarrones chinos”

Imagen principal
Agencia Uno / PAUTA
POR Andres Sepúlveda |

Aunque dice que quiere ser “un buen expresidente”, Sebastián Piñera parece más ocupado en borrar la imagen que dejó en su último paso por la Moneda.

El político español Felipe González, que gobernó su país entre 1982 y 1996, dijo en una ocasión que los expresidentes eran como jarrones chinos en un departamento pequeño: “Se supone que tienen valor y nadie se atreve a tirarlos a la basura, pero en realidad estorban en todas partes”. De hecho, González ha sido un expresidente muy influyente. La primera vez que el actual líder socialista Pedro Sánchez fue apeado de la secretaría general del PSOE -en el año 2016- el desencadenante fueron precisamente unas palabras de Felipe en Santiago de Chile.

Ahora González ya no tiene el ascendiente suficiente para tumbar a Sánchez, con cuyas políticas no se identifica. De hecho, cuando le preguntan si sigue siendo militante del PSOE, él contesta con su gracia sevillana: “Sigo siendo militante, pero no simpatizante”.

Recordé la metáfora de los jarrones chinos cuando leí la entrevista del expresidente Sebastián Piñera este domingo en ‘El Mercurio’. La primera que ofrece a 15 meses de haber abandonado La Moneda. Y en ella descarta una nueva candidatura presidencial y anuncia que quiere ser “un buen expresidente”. De la lectura de la entrevista se desprende que más que un buen expresidente, Piñera está empeñado en borrar la imagen que dejó de un mandatario aislado, asediado y políticamente neutralizado en su palacio. De su segundo mandato, la impresión más extendida es que la gente quería que terminara rápido. La pandemia, en ese sentido, fue una suerte de indulto a su proyecto perdido.

La memoria es selectiva y el expresidente ya se olvidó de sus errores personales en la gestión del estallido social que posiblemente lo agravaron. Tampoco mencionó que no fue capaz de defender con éxito el perímetro de las prerrogativas presidenciales que fijaba la Constitución en el caso de los sucesivos retiros de fondos previsionales e incluso llegó a apoyar uno de ellos frente a un Congreso donde hasta los suyos se le escaparon de las manos. Y que promulgó más de veinte reformas constitucionales que terminaron por desfigurar del todo bajo su gobierno la Carta de 1980.

Pero quizá el mayor error imputable a Sebastián Piñera es que en sus dos mandatos presidenciales -y no sólo en el último- fue el líder más empecinado en acabar con el modelo de país de bajos impuestos que era Chile, sin prever que el dinero no siempre se gastaría con criterio. Con toda seguridad el austero modelo fiscal de la década de 1990 no se podía sostener, pero entre imitar a Irlanda, con su tasa corporativa del 12,5%, y llevar el impuesto a las empresas al 27% como hizo Bachelet y refrendó Piñera, había un enorme margen que explorar. El afán recaudatorio ha llegado a tal extremo que en su primer proyecto de reforma fiscal, el gobierno de izquierdas de Gabriel Boric planteó reducir la tasa corporativa al 25% porque está claramente desalineada con la media de la OCDE.

Imitar a Irlanda. ¡Qué idea menos popular en Chile! En el año 2014, el valor del PIB de nuestro país era igual al de Irlanda: 195.000 millones de euros. El año pasado, el PIB de Chile fue de

285.000 millones de euros. El de Irlanda de 502.000 millones. Si Chile quiere volver a crecer, debe pensar en ganar más y gastar menos.