La voz de los locatarios de la Plaza Italia

Hay galerías comerciales “fantasma”, cierres más temprano y fuga de clientes. “¿Quién va a querer venir al sector?”, lamentan. Es la “zona cero” en Santiago.
Entre veredas con hoyos y murallas rayadas en la Alameda está ubicada la Librería Centro, algunos metros al poniente de calle Irene Morales y a una cuadra de Plaza Italia. Ofrece artículos de escritorio tradicionales y tecnológicos. Su dueño, Juan Carlos González (58), sentado atrás, habla por teléfono. Viste una polera roja y una chaqueta azul sin mangas, donde se lee “Paper man” y “Liquid paper”. No hay clientes a la vista.
“Desde hace 30 años que estoy acá”, dice, acercándose al mesón.
González camina lentamente hacia la calle a mirar el entorno. En la esquina de Irene Morales, un grupo de carabineros en moto se acerca a pedir las identificaciones de dos hombres que están sentados junto al improvisado monolito dedicado a Mauricio Fredes, quien murió el pasado 27 de diciembre en una manifestación al caer a una fosa de 1,80 metros de profundidad.

Al mismo tiempo, una madre con un coche intenta pasar por la vereda, de la cual solo queda una línea de cuadros con pavimento.
“Tuve que ponerle reja arriba [a la entrada de la librería], en el caso de que llegara alguna bomba lacrimógena, ya que era lo más factible. Aquí he pasado como 100 marchas, pero esta violencia nunca la había vivido”, dice González.
Debido a la baja del público ha tenido que utilizar nuevos mecanismos para llegar a los clientes. “Tengo que vender por internet. Estoy tratando de hacer más publicidad por ese sentido”, explica.
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González fue a la “gran marcha” del 25 de octubre, en la que participó más de un millón de personas. Fue con su novia. “Conversaba con los chiquillos que andaban al lado mío, pero eso ya se acabó”, sostiene. Hoy está cerrando su tienda más temprano, cuando comienzan los enfrentamientos. Debe tener cuidado: “Chiquillos, denme permiso, yo no pertenezco a esta manifestación'”, dice para poder salir.
Mientras antes cerraba con tranquilidad a las 19:30 horas, la violencia que sufre el entorno lo ha obligado a tomar precauciones y bajar las cortinas a las 17:00 horas. A veces ha tenido que hacerlo a las tres de la tarde.

Al estar ubicado próximo a la Plaza Italia, ha observado una serie de conductas que le han llamado la atención. Por ejemplo, menores de edad que piden peaje para pasar por la vereda, en plena tarde. “Si vieras las fotos que tengo de niñitos que no tienen más de 15 años que andan con algo en las manos, amenazando”, cuenta.
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Por eso, son pocos los locales que quedan abiertos en el sector, relata González. Algunos de ellos son las tiendas musicales de la galería del Hotel Crowne Plaza, que también fue vandalizado en las protestas. Afirma que la mayoría de las personas “asocia que ya no existen las tiendas”.
La galería fantasma
Víctor Peña es uno de los dueños de esas tiendas musicales de la galería, ubicada en el hotel que permanece cerrado. Está sentado entre guitarras, clarinetes y baterías, conversando con un hombre. A diferencia de González, tiene ojeras y no sonríe.
La única forma de ir a los pocos locales de instrumentos de esta “galería fantasma” es por la calle Carabineros de Chile, ya que la entrada principal por la Alameda se encuentra bloqueada por estructuras metálicas de altura.
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Al entrar, gran parte de las tiendas ya no tienen ventanales.
Además, en la esquina de Carabineros de Chile con Ramón Corvalán persisten los enfrentamientos entre manifestantes y carabineros, es especial los viernes por la tarde. Piedras, gas lacrimógeno, hondas con clavos y canicas inundan el ambiente cuando baja el sol.


Peña se queda todos los días hasta las 11 de la noche para resguardar su local. “Estoy muy preocupado porque las ventas bajaron un 90% y mi hija entra a la universidad en marzo”, dice.
En las protestas en el sector, existe ya una dinámica de minar las veredas como si se tratara de canteras. De ahí algunos grupos extraen pedazos de cemento y piedras para arrojarle a la policía. “El estallido social perdió el horizonte”, lamenta el locatario: “Lo único que ven los jóvenes son los enfrentamientos con carabineros”.
Cuenta que cada día a las seis de la mañana se retiran dos camiones repletos de escombros. Lo dice mientras sale a la calle y se asoma a mirar los árboles con agujeros que hay en gran parte del sector.

La oferta gastronómica que va quedando
Entre Vicuña Mackenna y Ramón Corvalán, a media cuadra de Plaza Italia, funciona desde hace más de 50 años la tradicional Fuente Alemana. Casi a su lado, el restaurante
“Ha sido duro. Estamos vendiendo la mitad de lo que vendíamos. Nosotros no hemos despedido a nadie, hemos tratado de aguantar lo que más hemos podido. Pero si esto sigue aquí yo creo que vamos a tener que tomar alguna medida porque ya está bueno…”, señala Mauro Siri (46), uno de los dueños de la Fuente Alemana.
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Son las 13:00 horas de un día de semana y hay alrededor de 20 personas sentadas a la mesa rectangular que mira hacia la cocina. Entre ellos gente conocida del barrio, trabajadores de la zona y turistas. Antes, a esa hora había una fila para entrar. “O sea, ¿ahora quién va a querer venir al sector? No se quieren arriesgar. Son muy pocos los que vienen”, dice Siri.
Respecto de las precauciones de seguridad, las salidas de los dueños dependen del movimiento exterior. Solo cuando se detienen los ruidos, Siri puede tomar su auto para irse a su casa en Peñalolén. “Yo me quedo cuidando acá. Me voy cuando veo que afuera para el desorden. Me quedo con mi hermano, solo los dos, porque yo no arriesgo a ningún trabajador”, afirma.
La inestabilidad de los cierres
Muchos locales cerraron sus puertas porque los enfrentamientos pueden surgir en cualquier momento. Antiguos clientes se fueron de la zona, o hay gente que la evita a la hora que sea.
“De los 18 locales de comida, solo quedamos dos”, cuenta Siri.
La mutación de Plaza Italia
El otro es el Pollísimo, que también ha disminuido la clientela. “Nosotros somos un local chico, familiar. Aún hay algunos chiquillos que vienen a almorzar. Son clientes también”, señala Paola Zapata, trabajadora de la fuente de soda.
Desde el 18 de octubre del año pasado, cuando comenzaron las manifestaciones, los horarios de cierre varían. “Depende, porque a veces está todo tranquilo y vendemos hasta las 19:30 o 20:00 horas. Pero hay días que se cierra más temprano, entre las 17 y las 17:30”, cuenta.

Otra de las razones por las cuales la gente evita la zona, agrega Juan Carlos González, el dueño de la librería, es por la calidad de la veredas, pues se han degradado notablemente. “Las ventas bajaron fácilmente un 80%. Antes la gente no salía porque no había farmacias ni bancos, pero ahora no vienen para acá porque tiene miedo. Por ejemplo, Jimena [una vecina] ya no puede salir con su mamá. Antes la sacaba a la farmacia, o a dar una vuelta a la Plaza de Carabineros. Pero como no hay veredas, tiene temor a que la señora se doble un tobillo. Incluso ella una vez fue a comprar y se cortó porque había vidrios y andaba con chalas”, relata González.
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El locatario regresa a su negocio, esquivando las piedras y los vidrios del pavimento quebrantado de la entrada, mientras Jonathan, el vendedor que lo acompaña, atiende a la primera clienta del día.